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11.9.07

Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos

«A. — Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). — Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). — Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.»

Jorge Luis Borges, Diálogo sobre un diálogo

14.8.07

Los Brownies

[Pieter Bruegel o Velho - Jogos de crianças (pormenor)]


«Son hombrecitos serviciales de color pardo, del cual han tomado su nombre. Suelen visitar las granjas de Escocia y durante el sueño de la familia colaboran en las tareas domésticas. Uno de los cuentos de Grimm refiere un hecho análogo.


El ilustre escritor Robert Louis Stevenson afirmó que había adiestrado a sus Brownies en el oficio literario. Cuando soñaba, éstos le sugerían temas fantásticos; por ejemplo, la extraña transformación del doctor Jekyll en el diabólico señor Hyde, y aquel episodio de Olalla en el cual un joven, de una antigua casa española, muerde la mano de su hermano.»


Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial

11.8.07

Aquilo que não se pode contar . 17 . As trevas

[Bosch - Tentação de Santo Antão (pormenor do painel central)]

El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo.
Jorge Luis Borges, Los teólogos

Os outros meninos diziam mãe mãe deixa a luz acesa. Eu dizia mãe mãe baixa os estores e fecha a porta. Não podia ficar sequer um buraquinho por onde pudesse entrar. Se eu visse um grão que fosse de luz. Eu nunca tive medo do escuro. Do que eu tinha medo era da luz. Do que ela me podia tirar. Porque eu achava que aqueles raios de luz cortando o ar poeirento eram línguas de espíritos malvados que me entravam pelos olhos adentro. E me roubavam sugavam a alma. Lentamente. Escorrendo devagar. Devagarinho. Eu via-a. Uma mancha leitosa flutuando dentro dos raios de luz. A minha alma. Deixando um vazio doloroso na minha cabeça pequenina. As dores de cabeça. Eu sei. Eram os espaços vazios deixados pela minha alma sugada. E se um dia me ficasse apenas espaço vazio. Então todo eu seria uma dor de cabeça. Por isso se eu visse um grão que fosse de luz gritava mãe mãe mãe. E ela já sabia. Abria a porta do quarto com um sorriso conformado e baixava completamente os estores. Depois corria os cortinados e dizia pronto já não há luz nenhuma dorme bem até amanhã se deus quiser. A minha mãe acredita em deuses.

Por isso não tive medo das trevas que enchiam o sótão. Nem do silêncio total. Porque não se ouvia nada. Como se me tivessem arrancado os ouvidos. Nem o zum zum do sangue a zumbir. Mergulhado num nada peganhento. Aquiles. Porque é que me lembraria de Aquiles. Porque a mãe me tinha contado a lenda. O menino mergulhado pela mãe no rio dos mortos. Invulnerável. Mas havia aquela parte por onde a mãe o tinha segurado. O calcanhar seco. E eu naquele negro de morte. Os meus pés deitados fora da moldura. Se eu os puxasse para dentro. Então todo eu seria invulnerável. Embora eu já o fosse. Porque eu estava morto. E não há coisa mais invulnerável do que um morto.

Então puxei os pés para dentro. E depois mudou tudo. As trevas não se foram. Pelo menos completamente. Mas no ar corria agora uma luz leve. E o zumbido rido. Lá estava ele outra vez. Embriagando-me os ouvidos. E eu conseguia agora perceber o que estava à minha volta. Assim como se abrisse os olhos debaixo de água. Tudo turvo. Mas via. E ouvia. E hoje eu sei. Nunca deveria ter puxado os pés para dentro.

10.8.07

A Bao A Qu

[Bénouville - Dois homens subindo uma escada]


«Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la Torre de Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no creyentes de la fábula, que dice así:


En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu, sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, El A Bao A Qu se coloca en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color, su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el A Bao A Qu queda como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y la luz vacilante. El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente y su queja es un rumor apenas perceptible, semejante al roce de una seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde ya apagado y semejante a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien cuando llega a la mitad de la escalera, donde la prolongaciones de su cuerpo, que a manera de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el cuerpo y que el tacto recuerda a la piel del durazno. En el curso de los siglos el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección.


El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu en una de las notas de su versión de las Mil y Una Noches


Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial

5.8.07

El Burak

[Iluminura persa de Sultan Muhammad, século XVI]

«El primer versículo del capítulo diecisiete del Alcorán consta de estas palabras: "Alabado sea El que hizo viajar, durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestros signos". Los comentadores declaran que el alabado es Dios, que el siervo es Mahoma, que el templo sagrado es el de La Meca, que el templo distante es el de Jerusalén y que, desde Jerusalén, el Profeta fue transportado al séptimo cielo. En las versiones más antiguas de la leyenda, Mahoma es guiado por un hombre o un ángel; en las de fecha posterior, se recurre a una cabalgadura celeste, mayor que un asno y menor que una mula. Esta cabalgadura es Burak, cuyo nombre quiere decir "resplandeciente". Según Burton, los musulmanes de la India suelen representarlo con cara de hombre, orejas de asno, cuerpo de caballo y alas y cola de pavo real.

Una de las tradiciones islámicas refiere que Burak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de agua. El Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo y conversó en cada uno con los patriarcas y ángeles que lo habitaban y atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El tiempo de los hombres no es conmensurable con el de Dios; a su regreso, el Profeta levantó la jarra de la que aún no se había derramado una sola gota. Miguel Asín Palacios habla de un místico murciano del siglo XIII, que en una alegoría que se titula Libro del nocturno viaje hacia la Majestad del más Generoso ha simbolizado en Burak el amor divino. En otro texto se refiere al "Burak de la pureza de la intención ".»
Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial

El doble

[Jacob Jordaens - Estudos de cabeça de Abraham Grapheus]

«Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas, y los hermanos gemelos, el concepto del Doble es común a muchas naciones. Es verosímil suponer que sentencias como "Un amigo es un otro yo" de Pitágoras o el "Conócete a ti mismo" platónico se inspiraron en él. En Alemania lo llamaron el Doppelgaenger; en Escocia el Fetch, porque viene a buscar (fetch) a los hombres para llevarlos a la muerte. Encontrarse consigo mismo es, por consiguiente, ominoso; la trágica balada Ticonderoga de Robert Louis Stevenson refiere una leyenda sobre este tema. Recordemos también el extraño cuadro How they met themselves de Rossetti; dos amantes se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque. Cabría citar ejemplos análogos de Hawthorne, de Dostoievski y de Alfred de Musset.

Para los judíos, en cambio, la aparición del Doble no era presagio de una próxima muerte. Era la certidumbre de haber logrado el estado profético. Así lo explica Gershom Scholem. Una tradición recogida por el Talmud narra el caso de un hombre en busca de Dios, que se encontró consigo mismo.

En el relato William Wilson de Poe, el Doble es la conciencia del héroe. Este lo mata y muere. En la poesía de Yeats, el Doble es nuestro anverso, nuestro contrario, el que nos complementa, el que no somos ni seremos. Plutarco escribe que los griegos dieron el nombre de "otro yo" al representante de un rey.»

Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial

31.7.07

Aquilo que não se pode contar . 12 . O cheiro

[Bosch - A adoração dos Magos (pormenor)]

La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.

Jorge Luis Borges, There are more things

toc toc toc. Naquela tarde a minha vida acabou entre espirais de pó laranja. Ou vermelho. Dançando à minha volta por cima de mim deitado de cara colada ao tecto. E às vezes levantava o braço e lançava-lhe a mão. Como se pudesse lá chegar. Tacteando o ar pastoso. Abrindo caminho por entre a chuva de pó ritmado. toc toc toc. Quebrando o silêncio da tarde muda. Surda. Surdo. Porque à minha volta só toc toc toc. Mais nada. Como se o mundo tivesse acabado e só restássemos nós. Eu. E aquilo. E eu queria gritar. Chamar a mãe. Mãe. Mãe. toc toc toc. A boca não se me abria. Todo eu confluía naquela moldura sem pó. Mudo. Surdo. Eu era olhos e mão. Lançados ao tecto. E aquele ardor nas entranhas.

Depois pus-me de joelhos em cima da cama e tudo mudou. A luz era a mesma. Filtrada pelas listas da cortina. Laranja. Vermelho. E dourado. Mas havia um cheiro novo no ar. Já não era o pó nem o bolor nem o papel. Era pegajoso. Húmido. Não era um cheiro animal. Era. Não sei. Era diferente. Laranja. Cheirava a laranja. Não ao fruto. À cor. As cores não cheiram. Mas aquilo era cheiro a cor de laranja. Como o calor. Um calor cor de laranja que me entrava pela pele adentro. Ou então. Talvez não fosse um cheiro a cor de laranja. Mas quando fecho os olhos e me tento lembrar. Pó. Laranja. E o toc toc toc. Que agora era um zumbido. Quase um riso baixinho. Anda cá sobe não tenhas medo. Não não. Isto não é uma história de fantasmas. Já disse. Mas eu ouvi aquilo. Dentro da minha cabeça. Ou era eu que. Ou era aquilo. E o meu coração parou. Pus a mão no peito e não o sentia.

27.7.07

Aquilo que não se pode contar . 11 . Pó

[Bosch - Jardim das delícias terrenas (pormenor do painel direito)]



Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

Jorge Luis Borges,
Emma Zunz

Com o passar dos dias os meus olhos já não se demoravam nas lombadas poeirentas. Eram agora passeios rápidos, carícias nervosas no papel amachucado. Porque depressa eram puxados para cima. A moldura de madeira. Não conseguia desviá-los. Não queria. Eu sabia que havia ali. Não sei. Tinha medo. De que afinal não houvesse ali nada. De que não passasse de delírios. Porque se calhar o toc toc era na minha cabeça. E se o toc toc fosse na minha cabeça. Não. Ninguém enlouquece tão pequenino. Dez anos. Ou cinco. Ou sete. Não me lembro. Só pó na minha memória. Ah. Mas só eu parecia notar esta coisa estranha. Ali não havia pó. Nem teias de aranha. Nem manchas de humidade. Nem caruncho. Era um quadrado de madeira polida. Como se alguém. Ou alguma coisa. Não era a minha mãe. Eu escoltava-a durante as limpezas. Eu sabia que ela não chegava lá. Porque se esquecia sempre da despensa. Ou porque não tinha tempo. Nem forças. Porque criava três filhos sozinha. Alguma coisa teria de ficar para trás. Eu lembro-me do olhar cansado sem esperança. E da chuva de pó que naquele dia era maior do que alguma vez. Não sei se foi isso. Não sei se. A verdade é que.

24.7.07

Aquilo que não se pode contar . 10 . O sótão

[Bosch - São Jerónimo em oração (pormenor)

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez.
Jorge Luis Borges, Emma Zunz

abriu-se-me um medonho caixote de memórias. De papelão. Não é um baú de madeira. Porque um baú deve ter as coisas muito bem arrumadas. Postas com ordem umas sobre as outras. Sem misturas. E as memórias que me assaltam enredam-se numa mistura infernal. É um caixote desarrumado posto debaixo da cama. E se fosse um baú eu podia fechá-lo. Comprava um cadeado se não tivesse um. Depois deitava a chave fora. Como nos filmes. E nunca mais o abria. Porque este terror que me assombra os dias. É que o caixote não se consegue fechar completamente. Mesmo que o envolva em fita-cola grossa. Há sempre uma memória mais forte que lhe rasga o cartão e volta para me assombrar. Ameaça latente. Cala-te. Enquanto podes. E eu calo-me. Porque eu tenho medo. Um medo de morte.

E eu sei que só se não me calar é que. Que só vencerei o medo se. Porque eu sei que vou morrer. Se me calar continuarei a ser assombrado por esta memória. Todos os dias. E morrerei de terror. Devagarinho. Devorados aos poucos. Vivo. Sangrando a cada dia mais um bocadinho. Mas se falar. Não sei. O mais provável é que aquilo volte. E acabe de me matar. De vez. E depressa.

Aconteceu naquela tarde. Em que o Sol poente invadia o corredor. Há listas laranja de luz filtrada dançando no ar empoeirado. É o pó eterno que chove do tecto de madeira. E depois aquele calor pachorrento. Como agora. No meu scriptorium. Fechar os olhos e sonhar os dias passados. Muito quietinho. Enrolado em mim mesmo. Porque se abro os braços toco em cada uma das paredes. Agora. Se lá voltasse. Porque naquela altura eu era tão pequenino. Dez. Onze anos. Não me lembro. E aquele era o meu refúgio. Quando não queria que me vissem. Então afastava devagarinho a cortina. Para não ficar a dançar. Para não me denunciar. E depois deitava-me na cama que enchia o compartimento. Era uma despensa transformada em quarto. Não havia espaço para mais nada. Cama e algumas prateleiras na parede. Livros empilhados. Talvez viesse dali muito do pó dançante. E eu gostava de me pôr em pé em cima da cama e rolar os olhos pelos livros. Até achar uma lombada prometedora. Um livro velho. Tinha de ser velho. Ali não havia livros novos. Esses estavam em estantes bonitas na sala. No meu refúgio havia livros da infância e juventude da minha mãe. Lombadas de papel vergado. E se havia uma que me chamava a atenção eu parava os olhos. Tinha de ser uma lombada rasgada. Sem letras. Para poder ficar a pensar. O que estaria escrito naquele livro. Uma aventura. Um mistério. Não interessava. Era um livro. Se tivesse imagens. Se fosse uma enciclopédia. Mesmo se não tivesse. Mesmo se não fosse. Depois tirava-o com cuidado e por entre nuvens de pó abria-lhe as páginas cansadas e sonhava durante horas. O despertar era suave. Porque sem dar por isso já tinha fechado o livro e deitava os olhos para cima. Para o tecto de madeira em cujo centro estava a medonha moldura de madeira. Se chegasse lá. Se a abrisse. É que era uma moldura que se abria. Uma porta pequenina. Quadrada. Pendurada no tecto. Sem pó. Como se alguém a limpasse cuidadosamente todos os dias. Ou alguma coisa. E se a abrisse havia um sótão. Onde ninguém entrava há muito tempo. Onde a minha mãe dizia não haver nada. Só pó e teias de aranha. Mas eu sabia que. Porque o ouvia. Quase todos os dias. Um som seco. Como se alguém batesse com as unhas no chão. Descompassadamente. Devagarinho. Às vezes eu não sabia se era mesmo lá em cima. Ou se era dentro da minha cabeça. Quanto mais durava mais pó chovia. E eu deitava-me sem respirar. Não sei como não morria. Porque os minutos passavam e eu não respirava. Só a ouvir aquele toc toc. Para ter a certeza de que. E às vezes parecia que havia um gemido baixinho. Rebolava ao longo do tecto de madeira. Lá em cima. Isto não é uma história de fantasmas. Porque o que lá está em cima não é um fantasma. Antes fosse. Porque se fosse. Se fosse eu sabia que não existia. Mas aquilo existe. Eu sei.

21.7.07

Hic sunt leones . 1 . Homo est animal bipes rationale

[British Library, Royal MS 12 C. xix, fólio 6r]

En las noches el viento nos traía el rugido del león, y las ovejas del redil se apretaban con un antiguo miedo.

Jorge Luis Borges,
Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto

Estas coisas não acontecem. Porque não estamos em África. E portanto isto não pode ser um rugido. É o vento que não sopra. Ou um carro com música alta. Mas não há carros. Não há ninguém. Meto estas coisas na cabeça. Um leão no parque. Absurdo. Às vezes penso que enlouqueci. Se calhar devia. Mas não. É que se estivesse um circo na cidade. Uma jaula mal fechada. Pode acontecer. Mas como chegava ele aqui. Tinha de passar por toda a cidade. Alguém o via. A esta hora já andava toda a gente em alvoroço. E a noite está serena. Mas este gemido cavo. Se não é um leão. E não é. Não pode ser. Então o que é. Demasiado serena. A noite. Ontem havia as rãs. Mas hoje. Nem carros. Este cheiro a. Não sei. Nunca o tinha sentido. A animal. Talvez. Cala-te. Não há circo na cidade. Não sejas tolo. Nem estamos em África. Então o que é isto. Agora parou. Mas era como. Assim. Um choro profundo e curto. É melhor rodear o parque. Não pode ser um leão. Mas há ali qualquer coisa. Um burro. Talvez. Parecia um burro a zurrar. Mas um burro gigante. Só que eu nunca ouvi um burro a zurrar. Nem um leão a rugir. Mas um burro no parque. Absurdo. Podia ter vindo de outro lado. Pode haver um circo noutro lado. Um leão pode andar dezenas de quilómetros num só dia. Ou são os lobos. Porque os leões passam o dia a bocejar debaixo das acácias. Há uma acácia em frente a casa. Há duas até. Não têm muito tempo para andar a percorrer dezenas de quilómetros. E a noite só agora caiu. É quando eles despertam. E é de noite que. Está ali um leão. Está ali. Estou a vê-lo. O que é que eu. Correr. Não. Se correr ele. Fingir-me morto. Deitado à beira da estrada. Não passam carros. Se passar um carro eu mando parar. Se passar um carro eu. Levantar os braços. Exagerar a minha posição bípede. Vi isso num documentário. Eles têm medo das pessoas. Mas se este for de um circo. Está habituado às pessoas. Mais perigoso. Não tem medo. Não foge. Porque tem de ser de um circo. Se fosse selvagem eu tinha uma hipótese. Parava aqui e levantava os braços. E ele fugia. Mas ele não. Está a olhar. É tão grande. O que é que eu. Cem metros. Ou menos. Não tenho por onde fugir. Continuar parado. Talvez não me veja. Estúpido. É um caçador nocturno. Caça zebras só com a luz das estrelas. Claro que me vê. Já me viu. Levantou-se e está a olhar para aqui.

Aquilo que não se pode contar . 9 . O bafo

[Bosch - São Pedro e o doador (pormenor)]

Sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos.

Jorge Luis Borges, La otra muerte

Agora. Está aqui outra vez. Enquanto corro os dedos pelo teclado e um sopro me faz dançar as cortinas. Bafo laranja que me inunda o scriptorium. Ou vermelho. Tanto faz. E há este silêncio. O zumbido do computador. Ou dos meus ouvidos. Só isso. Não passam carros na estrada. Não jogam à bola no corredor do prédio. Parou tudo. Estou sozinho. Tudo morto. Só os meus dedos. E o zumbido do computador. Ou dos meus ouvidos. E as cortinas que dançam. Ondeando as listas fininhas. Laranja. Vermelho. E dourado. E esta dor abafada. Há alguma coisa a sair do buraco da minha omoplata. Da esquerda. Não quero mexer. Não quero. Vou ficar parado. Sem me mexer. Como morto. Como fazem aqueles animaizinhos. Pode ser que me pense morto. Se aquilo pensa. Ah pensa. Tem de pensar. Porque se não pensasse. Parei de escrever durante. Não sei quanto tempo. Muito. Levei a mão às costas. E tive medo. Não serpenteou desta vez o meu dedo ao longo da omoplata. Da esquerda. Parou no ombro. E depois fechou-se a janela. Fechou-se. Não fui eu. Assim, CLAC. Um som seco. E eu tirei a mão do ombro. Do esquerdo. Pousei-a no coração aflito pum pum pum pum pum. High heart rate pi pi pi. Depois o silêncio tornou-se ainda mais denso. É nos meus ouvidos. O computador não zumbe assim. E agora já não ondeiam as cortinas. Só as listas. As douradas. Parece que vão saltar. E que vai aparecer. Parou tudo. Estou sozinho. Preso num buraco no tempo. À mercê daquilo. E da minha loucura. E deste bafo pegajoso. Que me lambe o pescoço e as orelhas. Quente. Como quando. Tenho medo. Se calhar. Talvez me devesse calar. Porque desde que comecei a escrever esta memória

20.7.07

Domi militiaeque . 2 . Tigre

[Caravaggio - São João Baptista]

Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que, antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es.
Jorge Luis Borges, La otra muerte

Ainda tivemos de cantar o hino. E eu não sei o hino. Abri e fechei a boca. Lá lá lá. Não sei quê egrégios avós. Egrégio. Que se destaca do rebanho. Do latim grex (tema greg-). Gregário. Que vive em rebanho. Segregar. Isolar do rebanho. Não gosto de rebanhos. Se fosse besta era tigre. Escondido sozinho nas sombras da selva. Ou jaguar. Não. Tigre. E saltava para o meio dos rebanhos abrindo muito muito as goelas e rugindo com tanta força. Depois os rebanhos fugiam. E eu deitava-me à sombra abrindo a boca num enorme bocejo felino. Marchar marchar. Pronto.
Finda a função segreguei-me num canto com o meu Platão debaixo do braço. Confesso. Levei-o para me armar. Para entrar no quartel e dizer. Olhem olhem. Eu leio coisas difíceis. Mas para se saber que uma coisa é difícil é preciso tê-la lido. E eu não acredito que. Não. Podia ter levado outra coisa qualquer. Menos pesada. Porque se a ideia era armar-me. Convenhamos. Platão não é difícil. O efeito seria o mesmo.

Saí do quartel e parei e olhei para trás. Como nos filmes. Afinal era só isto. Apto. Alívio. Não era disto que estava à espera. Medo e angústia. De saber que em breve teria de voltar a passar aquela porta. Ou outra. Agora fardado. Viver o terror que me assombrou toda a infância e adolescência. O quartel. Os gritos. As ordens. A hierarquia. A disciplina. A humilhação. O não ser capaz. O não ser igual aos outros. Se calhar tinha medo e angústia. Tinha. De certeza. Mas o alívio de já ter acabado. Por esta vez. Mais forte do que qualquer medo. Porque já imaginava tanta vergonha. É que podiam ter-me humilhado. Quando não tive força para levantar aquele peso. É que reparem. Eu tinha vinte e um anos. Um miúdo. E aquela mulher fardada aos gritos. Força! Está a brincar comigo ou quê! Não estava não. Eu não tinha força. Ao meu corpo só via utilidade para carregar livros e suportar olhos e cérebro. Os únicos órgãos a que reconhecia importância. Não pensem que omito por pudor outros órgãos. A esses não lhes dava qualquer valor. Nem hoje. Porque com eles não leio. Dar-me-ão prazer. Verum est. Mas maior e mais sólido prazer tiro da mente. E para isso eu não precisava de levantar pesos. E por isso o peso ficava no chão e eu não conseguia levantá-lo. Ridículo. Pensaram que estava a fazer de propósito. Porque reparem. Um metro e oitenta. Bem constituído. Vinte e um anos. Ninguém acreditava que eu não fosse capaz. Por isso não me humilharam. Se fosse hoje. Hoje tenho trinta e cinco quase trinta e seis anos. Levanto sem esforço mais de trinta quilos. Sem desassossegar a respiração. O que é que mudou em mim. A consciência da morte. O terror da decadência. Por isso luto contra o tempo. E estou a ganhar. Por enquanto. Mas naquela altura eu assim. Um dejecto abúlico e sem força. E quando me despi e me gritaram. De costas! Endireite-se homem! Mas eu estava direito. Quer dizer. Aquela era a minha posição normal. Como é que eu podia fazer a tropa com as costas naquele estado. No entanto foi quando me perguntaram pela primeira vez se eu queria ir para os Comandos. Olhei para trás incrédulo e não disse nada. Achei que o homem estava a gozar comigo. Não estava. Porque me devolveu o olhar e continuou tão sério. Depois baixou os olhos e escreveu qualquer coisa nos papéis. Podia ter-me humilhado. Mas não. Como se não tivesse reparado. Por isso aquele alívio que sufocava qualquer medo qualquer angústia.

19.7.07

Aquilo que não se pode contar . 8 . Vermelho e laranja

[Bosch - São João Baptista no deserto]

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

Jorge Luis Borges, Deutsches Requiem

Listas verticais. Vermelho e laranja. Fininhas. Com uns fios dourados pelo meio. Agora são cortinas pequeninas. Duas. Dantes eram cortina grande grande que fazia de porta. Lambe-as o Sol ao fim da tarde. De Verão. Quando da janela do scriptorium consigo vê-lo cair cair. Durante o resto do ano é frio. O scriptorium. E escuro. E não têm outra serventia senão proteger-me de miradas alheias. As cortinas pequeninas. Enchem-me o scriptorium de uma luz fraca fraquinha. Laranja. Ou vermelha. Não sei. Cor quente. E eu gosto de me sentar à secretária sem fazer nada. Banhado pela luz laranja. Ou vermelha. E se for depois de um dia de praia. A pele quente ainda a cheirar a mar. Gozar aquele calor laranja pachorrento. Ou vermelho. Tanto faz. Sem pensar em nada. A olhar para os meus livros. Para as recordações pregadas no quadro de cortiça. Porque estas não me doem. Tanto. E depois fogem-me os olhos para as cortinhas pequeninas e eu lembro-me.

18.7.07

Domi militiaeque . 1 . Camuflado

[Géricault - Soldados feridos retirando da Rússia]

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.
Jorge Luis Borges, El inmortal


Bate bate e a pele suada do Sol doido quente que me torra dentro do camuflado. Camuflado. E eu que nem fui à tropa.

O senhor sabe que existe uma unidade especial. Os Comandos. Já pensou nisso? Já pensei sim. Mas eu não quero o meu corpo de comando nos Comandos. Eu quero o meu corpo de comando fora do quartel. A rebolar numa sala de aula ou dobrado sobre um livro. Porque diga-me o senhor: que vou eu fazer na tropa? Há um amigo meu, o senhor não conhece, não adianta dizer-lhe o nome, que me faz rir muito quando me imagina a levar os recrutas em marcha pachorrenta para debaixo de um plátano, cada um com o seu Fedro debaixo do braço. O senhor já me imaginou a platonizar com os recrutas debaixo de um plátano? É de rebentar de tanto rir. Ora essa, não é nenhuma palavra feia, não é nada disso que o senhor está a pensar. Eu nem sequer gosto de fardas. Platonizar. Ora pegue lá num dicionário. Isto não disse. Pensei. Porque àqueles senhores não se dizem estas coisas. O que eu disse foi. Não. Eu quero quero o exército. É mais rápido, não é? É. Seja o exército, então.

15.7.07

El cántaro

[Vermeer - Rapariga com jarro de água]

Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.
Jorge Luis Borges, El inmortal

Sinto-me estranho. Desde aquela noite. Tão estranha. Porque eu não costumo. Tu sabes. Sento-me à ponta da mesa. Para não darem muito por mim. Depois baixo a cabeça. Para não me verem os olhos. E vou olhando e ouvindo. E quando falam comigo fico vermelho e gaguejo. Mas quase nunca falam comigo. É que não me vêem. Eu não quero. Porque eu consigo desaparecer. Apesar do meu metro e oitenta. Ninguém me vê. E eu posso ficar ali a noite toda. Rolando os olhos pela mesa. Parando aqui e ali. Sabes. A ver. E a ouvir. E se alguém me vê eu recolho o olhar. Como os caracóis. Quando lhes tocam nas antenas. Escondo-me e fico à espera. De que se esqueçam de mim. Depois deito outra vez os olhos para cima da mesa. Com cuidado. Não vá alguém roubar-mos.

Naquela noite eu não me sentei à ponta da mesa. Talvez porque. Não sei. Mudei tanto. Tão pouco tempo. Foi estranho. Não. Eu não estava estranho ainda. Foi depois. Quando deixei cair os meus olhos nos teus pela primeira vez. Então sim. Senti-me estranho. Um estranho doce. Ali estavas. E havia alguma coisa em ti. Não eram os teus olhos. Era aquilo que eu vejo neles. O teu mar.

No sé. Si alguna vez. Si algún día estaré en tus brazos. Porque a veces me parece que. Te lo digo otra vez. Te quiero tanto.

8.7.07

Epistolário XXIII

[Ryckaert - Homem dormindo]

En un ensayo del
Espectador (septiembre 1712), recogido en este volumen, Joseph Addison ha observado que el alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio. Podemos agregar que es también el autor de la fábula que está viendo. Hay lugares análogos de Petronio y de don Luis de Góngora.
Jorge Luis Borges, Libro de sueños

Ρ.Α. ao seu André

André deixa-te de sonhos. Porque se ele está nos teus sonhos. E está. Eu sei. Ainda esta noite esbarrámos um no outro. Num sonho dormido. Teu. Pedi-lhe desculpa pelo valente encontrão e segui em frente até desaparecer. Eu. Não ele. Sempre a olhar para trás. A tentar perceber. Porque não é fácil ver-te tão. E eu tinha de perceber. Os teus olhos de aço perdidos numa felicidade tão. Amigo. Tu não sabes se estás nos sonhos dele. Muito provavelmente não estás. Deixa-te de sonhos. Porque pior do que não sonhar. Pior é não ser sonhado.

Tu não sorris. Levantas os cantos da boca e ris com os olhos. Porque eu conheço esse teu sorriso. Vi-o tantas vezes. Aquela noite no. Lembras-te. Claro que te lembras. Já escreveste sobre ela tantas vezes. Sempre de maneira diferente. Mas as mesmas palavras. Porque tu não as podes esquecer. E por isso aqui estou. Vivo na tua memória. Quando te disse. Tu sabes. Não me faças repeti-lo diante desta gente toda. Não fiquem com ideias. Não foi nada de. O que eu disse ao André foi que gostava muito dele. Que ele me fazia tão. Que. Não conto mais. Não foi nada de. Mas são coisas de amigos muito amigos. E depois vi-lhe os olhos derreterem. Aço líquido. E ele não disse nada. Olhou-me com aquele sorriso que não é sorriso. Pareceu-me que tinha palavras presas na garganta. Que me ia dizer que. Não sei. Ias? Mas ficou em silêncio. Depois baixou os olhos. Tu baixas os olhos quando. Engoliu as palavras. Fechou os olhos durante um respirar. Quando os abriu eram aço duro. Outra vez. Pediu um porto. E depois sorriu. Mas não era o teu sorriso sorrido. Eras a cara de uma tristeza indizível. De quem tem medo de. Tiveste medo de quê?

E agora que te vejo outra vez o sorriso nos olhos de aço. Não te quero ver rejeitado de novo. Tem cuidado. Não sonhes tanto. Porque quanto mais sonhas. Mais difícil te será acordar sozinho outra vez.

Amice desinas ineptire.
Ρ.Α.

1.7.07

Aquilo que não se pode contar . 1 . O buraco

[Bosch - Tentação de Santo Antão (pormenor do painel central)]

Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Jorge Luis Borges, El libro de arena

Nunca tinha contado isto a ninguém. Nem a mim. Porque se mo contassem. Não pode ser. Um delírio. Essas coisas não acontecem. Aquilo não existe. Depois respiro devagar três vezes. Devagar. Lanço a mão direita. Tem de ser a direita. Sobre o ombro. O esquerdo. Com um dedo percorro a omoplata. A esquerda. Devagarinho. Rezo aos meus deuses e peço por favor. Por favor. Aqui não há nada. O dedo dedeia serpenteia abrindo caminho na pele morna. E a cada segundo que passa e não. E não o acho. Enche-se-me a alma de esperança. Afinal essas coisas não acontecem. Um delírio. Depois. É sempre assim. Acho-o. O buraco. E todas as minhas dúvidas se afogam nele. Porque se mo contassem eu não acreditava. Fantasia. Mas ele está ali. O buraco na minha omoplata esquerda. Que me diz que aquelas coisas acontecem. Que aquilo existe. Nunca tinha contado isto a ninguém. Nem sei

27.6.07

A Luis de Camoens


[Júlio Pomar - Camões]

«Sin lástima y sin ira el tiempo mella
las heroicas espadas. Pobre y triste
a tu patria nostálgica volviste,
oh capitán, para morir en ella
y con ella. En el mágico desierto
la flor de Portugal se había perdido
y el áspero español, antes vencido,
amenazaba su costado abierto.
Quiero saber si aquende la ribera
última comprendiste humildemente
que todo lo perdido, el Occidente
y el Oriente, el acero y la bandera,
perduraría (ajeno a toda humana
mutación) en tu Eneida lusitana.»

Jorge Luis Borges, El hacedor

24.6.07

El Aplanador

[Kongelige Bibliotek, Gl. kgl. S. 1633 4º, Fólio 6v]

«Entre los años de 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o Apisonador (Bodencrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Miron, que el editor actual de la obra de Lorber identifica como Neptuno.


El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y con los colmillos.

Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de insectos.»

Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial

20.6.07

Animales de los espejos

[Bosch - Tentação de Santo Antão (pormenor do painel esquerdo)]


«En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París, durante la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso: ciento cincuenta años después Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida. Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo.


En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos: no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágias del Emerador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.


El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.


En el Yunnan no se habla del Pez, sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.»


Jorge Luis Borges, Margarita Guerrero,
El Libro de los seres imaginarios.
Ed. Alianza Editorial